Desde 1933, una historia de sabor y tradición familiar
Nuestra historia comienza en 1933, cuando el Tío Abuelo Luís dejó Sorzano para abrir el Bar Luís en el Paseo de las Delicias, famoso por sus bocadillos de calamares. Años después, nuestro abuelo Martín se unió al negocio familiar y abrió su propio local en la misma calle. Allí crecieron sus hijos, entre fogones y barras, aprendiendo el oficio con el que seguimos honrando nuestras raíces.


La Casa de las Navajas: un clásico de los 70 con alma de barra y berberechos
El Bar Cruz, conocido por todos como “La Casa de las Navajas”, abrió sus puertas el 1 de octubre de 1970. Su nombre rinde homenaje a la abuela, María Cruz Calvo. Por aquel entonces, éramos famosos por nuestros berberechos al natural, las gambas a la gabardina, los pajaritos fritos y el marisco más fresco: ostras, nécoras, cigalas, percebes… El local, entonces llamado Bodegas Zorrilla, se traspasó por dos millones de pesetas. Un millón más costó la imponente barra de acero inoxidable que, más de medio siglo después, sigue siendo testigo de miles de historias compartidas.
La saga del Bar Cruz y el legado de las Navajas a la Plancha
Con el tiempo, el negocio pasó a manos de Antonio y Luís, quienes convirtieron las navajas a la plancha en todo un emblema de la casa. Por aquellos años, también existía otro Bar Cruz en la Plaza Tirso de Molina, que pronto pasó a ser responsabilidad de Luís, mientras Antonio quedaba al frente del local de Cascorro. Hoy, varias décadas después, somos los nietos de Martín y Cruz —Raúl, Óscar, Luís Miguel y Germán— quienes seguimos escribiendo esta historia familiar, con la misma pasión que nos enseñaron nuestros abuelos.

Conoce nuestra historia década a década
En este rincón de Cascorro, cada tapa, cada caña y cada historia hablan de algo más que hostelería: hablan de familia, de barrio y de resistencia. Desde los días de las fiestas interminables y las primeras cañas de Mahou, pasando por los años convulsos de peleas, rifas y héroes cotidianos, hasta la transformación del barrio con los comercios chinos y el nacimiento casi sin darnos cuenta de “La Casa de las Navajas”. Aquí no solo se sirve marisco a la plancha: se sirve memoria.
Historias del Bar Cruz: mil bocadillos y una tragaperras clandestina
A principios de los 70, el Rastro no llegaba hasta la Plaza: empezaba en la Ribera de Curtidores. Siempre decimos que nosotros ya estábamos en Cascorro antes que el propio Rastro. El barrio de Embajadores era casi un pequeño pueblo, con chatarreros abajo, anticuarios y almonedas en el centro, cuadros en San Cayetano y pajaritos en Fray Ceferino González.
Por esa época llegaron también dos máquinas tragaperras que, cuando aún eran ilegales, bajaban y subían desde la cueva con un montacargas. Se jugaba con fichas, como en un ritual secreto.
El 15 de agosto de 1973, durante las fiestas de la Paloma, vendimos mil bocadillos sin cerrar el bar en 24 horas. Cruz, exhausta, le dijo a Martín: “Cierra ya, que hoy no hago ni un calamar más”.
Y hacia finales de la década, apareció la fiebre de los boletos: rifas caseras que llenaban los suelos de papel y los bares de risas. Como vino, se fue, pero dejó otra página escrita en nuestra historia.
Del Rastro desbordado a las angulas en barra: años intensos en Cascorro
Fueron los años del gran auge del Rastro. El único sitio abierto los domingos, así que todo el que necesitaba algo, pasaba por aquí. Los puestos crecieron sin control y con ellos llegaron las peleas por coger sitio. Las mafias se hicieron notar y las trifulcas nocturnas se volvieron habituales, hasta que el Ayuntamiento intervino para calmar los ánimos y acabar también con las apuestas que se organizaban en plena calle.
En plena Transición, los anarquistas de la CNT y los Legionarios de Cristo Rey se citaban en la zona, y lo resolvían todo a golpes. Bastaba una chispa para que una avalancha de gente arrasara con los puestos y nos obligara a bajar los cierres para proteger el bar.
Fue también la época más oscura, con la heroína en cada rincón del barrio. Pero entre sombras también hubo luces: la pastelería Ciudad de Viena, la tienda de deportes La Flecha de Oro, donde inflábamos balones por una peseta, y Marihuana, la mítica tienda de camisetas de rock.
Y sí, hubo un día en que servimos angulas de aperitivo. Un cliente se jugó todo en las tragaperras, no pudo pagar… y saldó la deuda con un cargamento entero. Antes de que se echaran a perder, acabaron en la barra. Cosas del Bar Cruz.
Cuando el bar resiste: cambios, cañas y vecinos que ya no están
Cambiar de cerveza no fue una decisión fácil para una familia que siempre había servido El Águila. Pero cuando la calidad bajó, Antonio lo tuvo claro: “Lo que tú no te tomas, no se lo sirvas a un cliente”. Así llegó Mahou a nuestra barra. Desde entonces, tiramos las cañas como se debe: sin ácido carbónico y con barriles refrigerados a 6 grados. Y quien las prueba, lo nota.
Las Fiestas de San Cayetano siguen siendo sagradas. Son los únicos días en los que vendemos limoná, y toda la familia sabe que le toca arrimar el hombro. Como en 2005, cuando un camarero cayó enfermo y Martín, que trabajaba en el Ayuntamiento, se quitó la corbata, se puso unos vaqueros y se metió tras la barra como uno más.
También hubo momentos duros. El edificio era de un solo dueño, empeñado en echar a los inquilinos antiguos. No hizo reformas y llenó dos pensiones con chavales de Argel, menores conocidos como la Banda del Pegamento. Iban colocados, robaban al tirón y escondían hachís en los baños del bar. Era un sinvivir: redadas, líos, tensión constante.
Al final, la casa se vació. Se fueron los vecinos de toda la vida, los que te avisaban si pasaba algo, los que venían cada día a su caña y su tapa. Quique, Sole, Guille, Bellido, Antonio, Socorro… Se fueron las caras que formaban parte de nuestra historia. El barrio empezó a cambiar, y a finales de los 90 llegaron los primeros comerciantes chinos, abriendo paso a una nueva etapa. Nosotros seguimos aquí.
Cómo resistimos y nos convertimos en La Casa de las Navajas
Sin darnos cuenta, el barrio amaneció transformado. Las calles que conocíamos de toda la vida —Cascorro, Duque de Alba, Juanelo, Encomienda— se convirtieron en un enorme bazar textil regentado por comerciantes chinos. En la plaza, solo seis locales no vendían ropa. Y nosotros, medio en broma medio en serio, decíamos que hasta estábamos aprendiendo chino.
Se decía —aunque nunca se probó— que fue la mafia china quien acabó con la Banda del Pegamento. Lo que sí fue cierto es aquella visita surrealista: un empresario chino apareció con escolta y un maletín lleno de billetes de 500. Se sentó con el abuelo y le ofreció dos millones de euros por el Bar. Él lo miró tranquilo y le respondió: “De este bar vivo yo, viven mis hijos y vivirán mis nietos”. Y ahí terminó la negociación. Aquí seguimos.
¿Y cómo nos convertimos en La Casa de las Navajas? Por aclamación popular. Aunque llevaban años en la carta, fue el boca a boca el que obró el milagro. De vender 10 kilos a la semana pasamos a 70, lo que nos permite mantener la calidad y el precio. Un día, los clientes dejaron de llamarnos “el Cruz” y empezaron a preguntar directamente: “¿Es aquí el bar de las navajas?”. Así nació el nombre, y así seguimos: a la plancha, con orgullo y sabor.